Entrevista a Jesús G. Maestro, filólogo y profesor
«La literatura verdadera no se premia nunca»

Jesús G. Maestro es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada y ha desarrollado una amplia trayectoria académica centrada en el análisis crítico de los discursos literarios, filosóficos e ideológicos. Es conocido por su enfoque materialista de la literatura y por su presencia divulgativa en distintos medios, donde analiza cuestiones culturales, políticas y educativas desde una perspectiva crítica.

Ha publicado numerosos estudios sobre teoría literaria, crítica cultural y pensamiento filosófico, defendiendo una interpretación materialista de la literatura frente a las corrientes posmodernas. En el ámbito académico ha contribuido a la formulación del denominado Materialismo Filosófico aplicado a la literatura. Es autor, entre otros libros, de Crítica de la razón literaria y Genealogía de la literatura. En los últimos años ha intensificado su labor divulgativa mediante conferencias y contenidos digitales en los que aborda cuestiones de política, cultura y educación contemporánea, como en su libro, El fracaso de la felicidad.

–  Empecemos por una cuestión general. Usted mantiene una posición muy crítica con buena parte del pensamiento contemporáneo. ¿De dónde nace esa actitud intelectual?

–  Toda posición crítica, si es verdaderamente filosófica, no nace de una actitud personal sino de una exigencia racional. El pensamiento contemporáneo, en gran medida, ha renunciado a la racionalidad fuerte en favor de formas de relativismo, subjetivismo o ideología disfrazada de teoría. Mi trabajo consiste, precisamente, en desmontar esas construcciones y mostrar sus inconsistencias desde una perspectiva materialista.

«La literatura no es un refugio emocional, sino una construcción racional e histórica»

–  Usted ha defendido reiteradamente una concepción materialista de la literatura. ¿Qué implica exactamente ese enfoque?

– Implica entender que la literatura no es una emanación subjetiva del autor ni un mero producto de la sensibilidad, sino una construcción objetiva, histórica y racional. Los textos literarios forman parte de sistemas de ideas, de conflictos políticos y de estructuras sociales. Leer literatura como si fuera una experiencia puramente emocional es, en el fondo, no entender nada de lo que la literatura es.

Sin embargo, gran parte del público sigue viendo la literatura como algo ligado a la emoción o a la experiencia personal.

Eso es consecuencia de siglos de idealismo. La idea de que la literatura “expresa sentimientos” es una simplificación extrema. La literatura organiza ideas, conceptos y conflictos. Que produzca efectos emocionales no significa que su naturaleza sea emocional. Confundir el efecto con la esencia es uno de los errores más comunes.

– En sus intervenciones públicas también critica con frecuencia la universidad actual. ¿Dónde se sitúa el principal problema?

– El problema fundamental es la degradación de la universidad como institución de conocimiento. Se ha sustituido el rigor por la burocracia, el pensamiento por la ideología, y la exigencia por la complacencia. La universidad ha dejado de ser un lugar donde se busca la verdad para convertirse, en muchos casos, en un espacio de reproducción de consignas.

«La universidad ha sustituido el conocimiento por la ideología y la exigencia por la complacencia»

– ¿Cree que esa deriva afecta especialmente a las humanidades?

– Sin duda. Las humanidades han sido particularmente vulnerables porque trabajan con ideas, y las ideas son fácilmente manipulables cuando se pierde el rigor. Hoy vemos cómo teorías inconsistentes se presentan como verdades incuestionables simplemente porque encajan en determinados marcos ideológicos dominantes.

– Usted también es muy crítico con el posmodernismo. ¿Qué papel cree que ha jugado en esta situación?

– Un papel decisivo. El posmodernismo ha contribuido a erosionar la idea misma de verdad, sustituyéndola por relatos, perspectivas o construcciones subjetivas. Si todo es relativo, entonces nada puede ser criticado con fundamento. Y eso abre la puerta a que cualquier discurso, por inconsistente que sea, se legitime.

– En el terreno político, sus posiciones también generan controversia. ¿Cree que hoy es más difícil sostener una postura crítica independiente?

– Siempre ha sido difícil. Lo que ocurre ahora es que los mecanismos de presión son más difusos y, en cierto sentido, más eficaces. No se trata tanto de censura directa como de deslegitimación, aislamiento o simplificación del discurso crítico. Pero eso no invalida la necesidad de mantener posiciones racionales, aunque sean incómodas.

– Su presencia en redes y plataformas digitales ha ampliado mucho su audiencia. ¿Cómo valora ese fenómeno?

– Es un arma de doble filo. Por un lado, permite llegar a un público amplio sin intermediarios. Por otro, favorece la simplificación y la polarización. Intento utilizar esos medios sin renunciar al rigor, aunque eso suponga ir contra la lógica dominante de la inmediatez.

«El pensamiento crítico exige incomodidad, no adhesión»

–  Para terminar, ¿qué papel cree que debe tener hoy el pensamiento crítico en la sociedad?

– Un papel esencial. Sin pensamiento crítico no hay posibilidad de conocimiento ni de libertad. Pero ese pensamiento no puede ser complaciente ni adaptarse a las modas. Debe ser exigente, incómodo y, sobre todo, racional. Porque sin racionalidad, lo único que queda es ideología.




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