El relativismo moral de nuestro tiempo, que todo lo carcome, ha logrado eclipsar el significado profundo de patriotismo, entendido como devoción y amor agradecido hacia un determinado país, para dejarlo en una especie de forofismo futbolero, o en el mejor de los casos en un sentimiento difuminado de baja intensidad. Más aún, se han sembrado dudas sobre si el patriotismo hay que entenderlo como un valor o por el contrario representa un peligroso contravalor, que es preciso ir erradicando de las conciencias ciudadanas porque resulta ser intolerante y excluyente.
Tradicionalmente, el patriotismo venía considerándose como una virtud asociada a la piedad filial. El cristianismo siempre vio en el patriotismo una prolongación del cuarto precepto, que obliga honrar al padre y la madre. Del mismo modo que hay que profesar respeto y amor a los padres por la vida, la crianza, los cuidados y educación por ellos recibidos, del mismo modo era un deber reconocer y valorar el patrimonio moral, la herencia cultural, la lengua, la educación y los bienes recibidos de la propia comunidad o tierra natal. Es por ello que la obligación de honrar a la patria iba mucho más allá de sentirse orgulloso de ella cuando conseguía un triunfo deportivo, o de otra índole; conllevaba otras responsabilidades, tales como cumplir las leyes, compartir las cargas, superar los egoísmos y comprometerse activamente en el logro del bien común. Había momentos incluso que el amor patrio exija sacrificios heroicos, hasta poner en riesgo la propia vida ¿Cuántos españoles, hoy día, estarían dispuestos a ello? Según estudios sociológico internacionales sobre defensa y disposición a la movilización militar, solo el 29 % estaría dispuesto a defender a España, en el caso de un conflicto bélico y es que, de un tiempo a esta parte, para la mayoría de los españoles, ser patriota no pasa de ser una antigualla que no va con los tiempos, sino que pertenece a aquella época pasada del franquismo. Lo cual nos ayuda a entender que, desde el régimen del 1978, el himno nacional español carece de texto, es decir de alma, sin que se nos caiga la cara de vergüenza. Nada tiene de extraño que el mundo vea a la España posfranquista como uno de los pueblos menos patriotas del planeta. Por lo que parece, la crisis de patriotismo no es de ahora, sino que ya viene de atrás y es el mismísimo Miguel de Unamuno quien nos lo testifica.
No está de moda ser patriota, como no lo estuvo en tiempos de Unamuno, ni a la mayoría de los españoles les dolía España como a él le dolió. Le irritaba el escaso aprecio que se tenía por su país, no soportaba el desdén, la indiferencia de aquellos que vivían como apátridas, aunque es de justicia decir que en manera alguna era un entusiasta de los falsos patrioterismos, inspirados en egoísmos intelectuales con escasa conciencia colectiva, porque él tenía muy claro que a España hay que amarla sufriéndola.
El 25 de febrero de 1906, pronunciaba una conferencia que llevaba por título “La crisis actual del patriotismo español”, que bien pudiera ser ese referente nacional que hoy estamos necesitando. En este discurso, D. Miguel expone que el auténtico humanismo tiene su fundamento en el alma del pueblo, en sus costumbres y profundas tradiciones Un patriotismo equidistante, tanto del cosmopolitismo abstracto como del regionalismo
provinciano volcado en el terruño, que califica como nacionalismo de campanario. Paisanaje y paisaje son los hilos con los que se va entretejiendo el sentimiento patriota, abierto, por supuesto, al dolor y a la vida de los demás pueblos, sin perder por ello su propia identidad.
La esencia del Patriotismo, con mayúscula, hay que buscarla en la intrahistoria, plasmada en la vida anónima y cotidiana del pueblo. El trabajo silencioso de los labriegos, los afanes de las gentes sencillas, ellos vendrían a ser los mejores representantes del alma de la nación. La Intrahistoria hay que buscarla también en el paisaje de la madre tierra, que es preciso interiorizar como si fuera una prolongación del alma humana. El sentimiento patriótico ha de tener como fundamento la espiritualidad y el dolor, por eso la patria ha de doler a quien como él sienta una profunda preocupación existencial por el destino espiritual del país y su cultura.
Unamuno después de un breve periodo, se desencantó del europeismo, carente de espiritualidad y promotor de una ciencia sin conciencia. Su proyecto de españolizar a Europa frente a la consigna de Ortega y Gasset de europeizar a España, lo dice todo. En el europeismo veía un ideal difuso que comprometía la identidad de España y que podía traernos como consecuencia el despego de todo lo español. Por ello no se cansó de decirnos que vendernos a Europa no era la solución y lo hacía porque estaba convencido de que la reserva espiritual española, su profundidad espiritual, su hondura mística, su quijotismo, estaban bastante por encima del trivial pragmatismo europeo.
Para D. Miguel de Unamuno, el sentimiento nacional tenía que estar íntimamente ligado al quijotismo, inspirador de idealismos y nobles locuras, que hace que nos olvidemos del burguesismo vulgar y nos apasionemos por la aventura heroica, al tiempo que nos incita a luchar por la justicia de forma desinteresada, sin reparar en los problemas que pueda ocasionarnos. Está claro para este patriota que el carácter hispano que nos define como pueblo, lo encontramos en la fusión del idealismo caballeresco con el realismo sanchista.
Esto sin entrar en otras consideraciones, como podría ser por el ejemplo el sentimiento patriótico de la lengua española, hasta el punto de llegar a proclamar que su patria era allí donde resuena la lengua española, que bien podía ser considerada como esencia del espíritu que une a España con la comunidad hispano- americana, de forma más íntima que pudiera hacerlo cualquier vínculo político. Es por esto que el sentimiento patriótico de Unamuno tiene ribetes de “fratriotismo”. Su hispanismo le permite extender la idea de patria, más allá de la península a todo el continente americano, con el que nos sentimos unidos por lazos tan profundos como es la lengua y la cultura.
En definitiva el patriotismo, de que nos habla Unamuno, es una toma de conciencia de nuestras responsabilidades, es estar dispuesto siempre a cooperar al bien común, arrimar el hombro en todo lo que haga falta, defender la soberanía e integridad territorial, conservar su espíritu, el idioma, tradiciones y valores, sin renunciar por ello al aperturismo con las demás naciones. ¿Acaso no es éste el mensaje sobre el que debiéramos reflexionar en estos momentos cruciales que estamos viviendo?