Formado en la ‘escuela práctica’ del contrabando en el litoral sur español, Constantini desarrolló una pericia técnica y una capacidad de mando que lo llevarían a trascender la marginalidad para convertirse en una leyenda del Mediterráneo del siglo XIX.
Su figura, que Ramón J. Sender elevó a símbolo de la fuerza vital y la «hombría» elemental en su célebre novela Mr. Witt en el cantón, emerge en estas páginas despojada de sus tintes épicos. Revela a un hombre de carne y hueso detrás del ‘gentleman cafre’ admirado por el pueblo. A través de una investigación rigurosa basada en archivos inéditos, las fuentes recorren hitos fundamentales como su heroica intervención en el naufragio de un vapor en 1865 —que le valió la Legión de Honor francesa— y su papel protagonista como almirante de la escuadra rebelde durante la Revolución Cantonal de Cartagena.
Al mando de las fragatas Tetuán y Numancia, Colau desafió al Estado y lideró el agónico exilio de miles de refugiados hacia Orán. Un héroe o villano que se consolidó como un icono de resistencia.
El escritor José Luis Luri rescata a este personaje en un libro titulado que llega a las librerías el 12 de marzo (Última Línea). En MálagaInfo publicamos un adelanto.
Ramón J. Sender introduce a Constantini en Mr. Witt en el Cantón como una figura simbólica destinada a encarnar una determinada idea de la revolución. El Colau literario no puede leerse como una transposición directa del personaje histórico; tampoco como una invención arbitraria. La novela fija una imagen poderosa y duradera que condiciona la percepción posterior del marino. Esta aproximación explica por qué su figura resultó verosímil como jefe naval del Cantón.
Comenzar este capítulo desde la ficción no implica confundir planos. En el caso de Constantini, la literatura precede al documento en la construcción del mito. Solo a partir de esa imagen literaria es posible interrogar con mayor precisión al Colau histórico y medir la distancia entre ambos.
Constantini encarna la forma más acabada de la «hombría» senderiana, en sentido moral y simbólico. Una versión entendida como impulso vital elemental, opuesto a la «personalidad» artificiosa y agotada que representa Jorge Witt. Colau aparece como un contrabandista valenciano afincado en Orán que, movido por una afinidad instintiva con la causa revolucionaria, se ofrece a los cantonales para poner su pericia marinera al servicio de la Federación.
Sender lo describe con una estética de «pirata turco»: un gigante de aspecto feroz, bigotes bárbaros y una presencia física que impone respeto inmediato. Sin embargo, bajo ese barniz emerge una elegancia natural y una suavidad de trato inesperada que descoloca a Mister Witt. El inglés lo define con ironía como un «gentleman cafre». Uno de los elementos que refuerzan su dignidad social es su condición de caballero de la Legión de Honor francesa. No la obtuvo en combate. Su acción fue un acto de heroísmo marítimo. El salvamento de los pasajeros de un trasatlántico durante una tempestad, realizando repetidos viajes en una lancha en condiciones extremas.
Ese heroísmo sitúa a Colau por encima de los militares de academia y lo convierte en una figura admirada por la población de Cartagena, que ve en él a un salvador casi mítico. En el argumento de la novela, como en la vida real, asume el mando de la fragata Tetuán y se convierte en el pilar naval del Cantón, en paralelo a Antonete Gálvez, que concentra la acción en tierra.
El clímax narrativo se produce durante el enfrentamiento naval frente al cabo de Palos, donde su audacia obliga a retirarse a la escuadra del almirante Lobo. Frente a la indecisión de otros buques, Colau lanza la Tetuán al ataque con una asunción consciente del riesgo, hasta el punto de rozar el abordaje de la Vitoria. Milagritos observa la escena desde el barco hospital Buenaventura y vive la gesta como un triunfo personal del capitán.
Para Milagritos, el marino representa la vitalidad que le falta a su marido. Es «materia apenas organizada», fuerza primaria, energía no domesticada. En él proyecta una idea de plenitud vital que llega a formularse como deseo de maternidad. Colau es la búsqueda de una síntesis humana que Witt no puede ofrecerle con pasión romántica.
La relación entre Nicolás y Mister Witt se articula como una hostilidad psicológica profunda. Witt percibe la admiración que despierta el capitán como una forma de adulterio moral. En él reconoce al heredero del fantasma de Froilán Carvajal, «primo» de Milagritos, el mártir cuya muerte permitió años atrás por celos y cobardía […] La Revolución Cantonal de Cartagena aparece como una ruptura radical en su biografía, aunque es la continuación lógica de un recorrido previo. Cuando Colau se incorpora al Cantón es un hombre que ya vivía en los márgenes del sistema y para quien la crisis del Estado ofrecía una oportunidad de coherencia vital. Su actuación al mando de la Tetuán y, más tarde, de la Numancia, confirma esa lectura. En Palos no obtuvo una victoria estratégica, pero sí una consagración moral. En la retirada final hacia Mers-el-Kébir, asumió el papel que le correspondía: el del último responsable de una causa derrotada, capaz aún de ejecutar una maniobra decisiva cuando todo parecía perdido.
El epílogo de su vida, marcado por el exilio, la vigilancia y el progresivo silencio documental, refuerza la dimensión trágica del personaje. La memoria familiar lo transforma en carlista y pariente de Prim, mientras la realidad histórica evidencia hasta qué punto el exilio descompone la verdad factual y la sustituye por verdades afectivas. Las noticias contradictorias sobre su muerte, los comentarios reiterados y las rectificaciones públicas muestran cómo Constantini pasó, ya en vida, del territorio del documento al de la leyenda.
En el episodio final de su contestación en prensa a los rumores sobre su persona, Colau sostiene con firmeza una reivindicación de su obra como redentor de vidas y hombre temerario: «Colau aún vive», dice de sí en tercera persona. Es el marino en el que Sender vio el aspecto imponente de alguien que mostraba una suavidad en las formas y una elegancia natural. O el de la fiereza de continente que, según Galdós, trocaba luego en un trato cariñoso y a veces hasta pueril.
Nicolás Constantini acabó sus días transformado, no derrotado. Como perfil no encaja en las categorías simples del héroe o del villano, ni puede reducirse a la figura del ideólogo o del contrabandista. No debe ser juzgado, cuando menos, bajo la lente de la moralidad convencional. Su ruta se abrió en un mar donde las identidades eran inestables y las lealtades se redefinían según circunstancias cambiantes. Desde ahí debe leerse su deriva, como la de un hombre moldeado por los límites de su tiempo, más que por una posición fija dentro de él.