Entrevista a Gonzalo Sichar, experto en el genocidio de Guatemala
«En democracia se debe hacer una memoria histórica integral, con su Badajoz y su Paracuellos»

 

Gonzalo Sichar es de los pocos extranjeros que estuvieron antes y después en la última aldea guatemalteca que sufrió una masacre del Ejército nacional de ese país. Y es el único de ellos que centró su tesis doctoral en ese trágico suceso. Había escrito siete libros sobre Guatemala entre 1998 y 2007. Ahora cierra este ciclo definitivamente con Genocidio en Guatemala, en librerías a partir del 11 de septiembre y que será presentado en librería Luces (Málaga) el martes 7 de octubre a las 7 de la tarde.

Gonzalo Sichar en 1995, en Xamán.

¿Por qué vuelve a escribir sobre Guatemala después de tanto tiempo?

Hacía tiempo que había dejado aparcado un poco el estudio sobre este país que me cautivó en los cinco años que viví allí. Después hice algunos viajes más por cuestiones de cooperación al desarrollo. Llevaba un tiempo más centrado en analizar la política de mi país, pero hace unos años que dirijo una tesis doctoral a un economista de la Universidad Francisco Marroquín —que ya está a punto de defender— y me ha obligado a retomar el contacto con esa realidad.

Además como director de la editorial Última Línea donde tenemos la colección Genocidios, dedicada a genocidios poco conocidos, no podía pasar por alto el genocidio que yo estudié.

La palabra genocidio se utiliza muy a la ligera. ¿Hubo realmente genocidio en Guatemala?

Coincido en que genocidio y fascismo son las palabras más mal usadas, y por tanto más banalizadas, en el mundo de la política. Y al ser tan utilizado el término genocidio se le pierde valor, y los verdaderos genocidas aprovechan la ocasión para negar el que ellos sí han cometido.

Una de las razones por las que los militares ultras guatemaltecos dicen que no hubo genocidio es que indígenas hubo en los dos bandos. Eso es una falacia. En zonas como El Quiché (de donde es Rigoberta Menchú), y muy especialmente el Triángulo Ixil e Ixcán, el Ejército arrasaba comunidades enteras asesinando a una población civil cuyo pecado no era ser guerrillero sino indígena. Fue esa política de tierra arrasada la que lanzó a esa población en manos de la guerrilla y no al revés. Solo un proyecto genocida explica que en un país con el 60% de la población indígena, los mayas aportaran en cambio más del 80% de los muertos.

Tanto la Comisión de la Iglesia católica (Proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica) como el de la ONU (Comisión de Esclarecimiento Histórico) aseguran, aportando suficientes pruebas, que sí hubo genocidio.

«Para los militares yo era un comunista. Para la guerrilla, un facha»

¿Qué opina de los procesos de recuperación de memoria histórica?

Que son tan necesarios como lo es el que estén bien hechos. Me explico. Yo crucé datos de REMHI y CEH y además indagué con entrevistas y fuentes documentales. Mi estudio refleja 1.079 masacres del bando gubernamental y 51 de las guerrillas. En otro libro que publiqué allá daba detalles de cada una de esas masacres. Porque el bando gubernamental haya sido muchísimo peor que el insurgente, no voy a ocultar lo que hizo la guerrilla.

Por ello, para los militares yo era un comunista. Para algunos miembros de la guerrilla, pero sobre todo para los ‘grupos españoles de solidaridad’ con Guatemala, yo era un facha por señalar esas 51 masacres de la guerrilla.

En España quienes defienden la memoria histórica dicen que el bando franquista con su Causa General ya destapó los abusos del bando republicano y que ahora solo toca analizar al bando franquista. Yo creo que en democracia se debe hacer una memoria histórica integral, con su Badajoz y su Paracuellos, con sus venganzas postbélicas de los vencedores y con las checas de los perdedores.

«La mayoría de la gente cree que la defensa de los derechos humanos es de izquierda, cuando en realidad surge de ideas liberales»

¿Los defensores de los derechos humanos se inclinan hacia la izquierda?

Si fueran buenos observadores de derechos humanos no debieran hacer eso. Observo como mis alumnos, y la mayoría de la gente, cree que la defensa de los derechos humanos es de izquierda, cuando en realidad surge de ideas liberales, y la izquierda no los defiende hasta que llegan los de segunda generación (derechos sociales y otros colectivos).

A mí me han llegado a decir que si violan los derechos humanos es que no es izquierda auténtica. Pero yo les contesto que con tantas excepciones no se puede establecer una relga. Están los 100 millones de muertos del comunismo, que abarcan el comunismo soviético y sus países periféricos, Pol Pot, Mao, el régimen cubano, las guerrillas en América, África y Asia… Pero a todo ello hay que añadir el régimen de Maduro, ETA, GRAPO, FRAP y muchísimos otros grupos terroristas europeos de corte socialista… Violar los derechos humanos no es de izquierdas o de derechas, o lo que es peor, es de izquierdas y de derechas.

«Dije a uno de los comandantes generales de la guerrilla que deberían dar cuenta de quiénes mandaron cometer sus masacres y entregarlos»

¿Y usted qué concepción tenía de la guerrilla?

Había cuatro grupos que integraban la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y tenían sus diferencias. Por supuesto yo nunca estuve con ningún guerrillero (al menos que supiese que lo era) durante los meses de guerra en los que estuve en Guatemala (mayo-agosto de 1995; octubre 1995 a enero de 1996, la paz se firma en diciembre de 1996).

Pero lo curioso es que me habían dado el soplo de que los servicios secretos del Estado me tenían fichado como miembro de la Organización del Pueblo en Armas (ORPA). Y digo que era curioso porque reconozco que era el grupo por el que más simpatía sentía, porque era más promovimiento maya y menos marxista, pero en absoluto colaboré con él. Es más, en donde yo vivía no tenía presencia este grupo sino el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), con el que fui muy crítico porque cometió la mayoría de las masacres de la guerrilla.

El absurdo de la ultraderecha guatemalteca llegaba a decir que es que yo estaba montando ORPA en el departamento de Alta Verapaz (donde yo vivía). No tenía sentido que ni yo ni nadie quisiese montar ORPA en donde fuera si ya no había guerrilla (estoy hablando de 1999). Tan absurdo como decir que los observadores de derechos humanos españoles éramos de ETA o los irlandeses del IRA. Ya en España llegué a preguntar a un agente del CNI si les llegaba este tipo de información y me tranquilizó porque me respondió que no daban credibilidad a información ultra proveniente de Guatemala.

En una ocasión una organización cercana a ORPA me invitó para darles una charla. Mis primeras palabras eran “agradezco al Movimiento Tzu Kim Pop para que, sabiendo que comparto parte del discurso con la guerrilla, me han invitado para hablar de lo que no comparto”. Fue muy emocionante estar con exguerrilleros que reconocían los abusos de la guerrilla, algunos incluso perdieron familiares por ‘ajusticiamientos internos’.

Pero más emocionante fue cuando me reuní con el comandante en jefe de esta organización, Rodrigo Asturias (alias Comandante Gaspar Ilom), en tiempos en los que la URNG ya no era guerrilla sino partido político. Me atreví a decirle que me gustó la carta en la que la guerrilla perdía perdón por alzarse en armas. Pero que me disgustó que en la siguiente página todo fueran excusas de por qué aquello ‘fue necesario’. Y aquí viene lo más fuerte, le dije que deberían dar cuenta de quiénes mandaron cometer las masacres de la guerrilla y entregarlos ante la Justicia, ya que decían que fueron excesos aislados y no órdenes de la Comandancia General.

Evidentemente, un joven europeo, progre, proguerrillero, no le dice eso a un jefazo de la guerrilla. Yo nunca estuve en esa línea. Con los años he aprendido que ya desde joven me situaba como decía Manuel Chaves Nogales, «he hecho méritos suficientes para que me fusilen los dos bandos». Y lo mismo me pasa en nuestra España tan crispada, detesto tanto el discurso woke como la insolidaridad del ultraliberalismo o las obsesiones de la derecha casposa obsesionada (Soros en cada rincón, inmigración, no existe el cambio climático…).

Hay teorías que dicen que la población indígena estaba entre dos fuegos, víctimas de los dos bandos.

No la comparto en absoluto. Eso puede defenderse en escenarios como el de Perú y Colombia. En el país andino Sendero Luminoso era responsable del 54% de los muertos. En Colombia los datos son más contradictorios pero la suma de las FARC y el ELN podría alcanzar la responsabilidad del 40% o el 50% de los asesinados. En Guatemala el 97% de las masacres las cometió el bando gubernamental (apoyado por los paramilitares). Además en Guatemala las patrullas de autodefensa civil (PAC) —rebautizadas en democracia como Comités Voluntarios de Defensa Civil, pero que seguían con la misma obligatoriedad— estaban subordinadas al Ejército; en cambio las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) iban por libre y llegaron a enfrentarse al Ejército.

Julio (ya fallecido) y Angelina quedaron huérfanos el 5 de octubre de 1995. Su madre fue asesinada en la masacre de Xamán.

Usted fue a Guatemala por primera vez en 1995. ¿Por qué un chico de 24 años acaba en un país como ése?

En 1993 mis padres me mandaron en verano a Ecuador con un tío mío escolapio para que me concienciara un poco de otras realidades. Era una época en la que yo no estudiaba mucho. Aprobé solo dos asignaturas ese curso antes de aquel viaje. Después, entre septiembre y el resto del curso siguiente, aprobé siete y la única que me quedó, la aprobé tres meses antes de ir a Guatemala. Me conciencié mucho de que tenía que acabar la carrera para ser útil a los demás.

En 1994 me llegó publicidad de una ONG de la que era voluntario, necesitaban ‘escudos humanos’ para Guatemala. Después de un año en España, me estaba volviendo a aburguesar, pero me dije que no podía rechazar la primera oportunidad que tenía de volver a Hispanoamérica. Pensé, total, no me van a coger. Y al final me seleccionaron, pese a que la edad mínima estaba establecida en 25 años. A los tres días de acabar la mili me fui para allá. Mi teniente me dijo “tenga cuidado, que los militares guatemaltecos no son como los españoles”.

«Creo que la mili obligatoria fue una conquista progresista para que no fueran solo los pobres a cumplir con la defensa del país»

¿Hizo la mili? No era muy frecuente eso entre la gente metida en ONG.

Lo sé. Era un poco raro en ese sentido. Pero nunca quise aprovechar mi voluntariado para convalidarlo por la prestación social sustitutoria. Creo que la mili obligatoria fue una conquista progresista para que no fueran solo los pobres a cumplir con la defensa del país. Ahora el personal de tropa profesional está plagado de gente sin recursos. Volvemos al siglo XIX, los hijos de los ricos no van al Ejército, pero sé que mantener esta postura es políticamente incorrecto.

De la necesidad, virtud. Aproveché que me dieron un reconocimiento como buen soldado para llevarlo en el bolsillo derecho por si me paraba el Ejército en la selva. Y en el izquierdo llevaba un certificado de una organización de apoyo a refugiados y retornados por si me paraba la guerrilla. Pero no podía confundirme de bolsillo cuando me pidieran los papeles, jeje.

¿Cómo fue su primer viaje a Guatemala?

Primero desconcertante. Entendí que íbamos a un país en proceso de paz. Pero resultaba que habían firmado varios acuerdos parciales de paz, pero que el país seguía en guerra. Aunque ya en esa época guerrilla y Ejército se esquivaban para no combatir.

El viaje a la aldea fue durísimo. De pie saltando en un pick up durante más de siete horas y luego una hora andando, cargado con una mochila delante y otra detrás.

Pero fue llegar a mi aldea y todo un paraíso, al menos aparentemente.

¿Por qué dice aparentemente?

Porque mi comunidad era de retornados, antiguos refugiados que volvían al país por los avances del proceso de paz. Por entonces no sabía que las comunidades que nos rodeaban tenían patrulleros y que veían a los retornados como si todos fueran guerrilleros.

Acabé empatizando tanto con la gente, que cuando se acercaba mi partida me salieron heridas alrededor de la boca. Cambié el billete y me desaparecieron hasta que se volvió a acercar la nueva fecha.

Magdalena, una niña de 9 años y con la que a veces sigo hablando desde Facebook, me dijo: “Vienen los soldados. Estoy viendo que los carros se acercan. Esperan a que ustedes se vayan”. Yo le dije que no debía preocuparse, que en EEUU había un gobierno demócrata y no iba a permitir un ataque. ¡¡¡Cómo pude hablar a una niña de 9 años en mitad de la selva sobre Bill Clinton!!! Poco más de un mes después el Ejército entró y asesinó a 11 personas de la comunidad e hirió a 27.

«11 muertos no son nada para quien ve el telediario, pero para quien conoce a las víctimas es una tragedia enorme»

¿Dónde estaba usted cuando eso ocurrió?

En Madrid. Llevaba mes y medio en España. Al llegar a casa de la universidad, mi madre me dijo “te tengo que dar una noticia horrible”. Yo no sabía qué podría ser, pues mi abuelo había fallecido hacía unos diez días. ¿Qué podría ser ahora? “El Ejército ha entrado en Aurora y ha hecho una masacre terrible”.

Yo me imaginé toda la aldea arrasada. Imaginaba muertos a Magdalena, Eliria, Ernesto, Marcos, Eva, Juana… Enseguida llamé a Médicos del Mundo para pedirles la lista de muertos. “Solo” 11. En 1995 los telediarios nos hablaban a menudo de las matanzas en Argelia, el año anterior de las de Ruanda. 11 muertos no son nada para quien ve el telediario, pero para quien conoce a las víctimas es una tragedia enorme.

¿Y volvió a Guatemala?

Sí. No lo pensé cuando me lo propusieron. Hasta oculté que me habían dicho que estaban bombardeando Quetzal, la comunidad donde dejaba e pick up a una hora de la aldea de Aurora Ocho de Octubre. Si lo hubiese dicho, la ONG no me habría enviado. Luego resultó ser que era otra aldea del mismo nombre pero muy alejada.

Me hice una foto con toda mi familia y saqué 50 copias para repartir a la gente (que me lo pidieron en el primer viaje). A la vuelta fue muy conmovedor que mi madre me dijera que para ella esa foto sería por si yo no volvía con vida…

Un viaje muy diferente al primero…

Sí. Era una mezcla de alegría de verles y apoyarles; y tristeza por los asesinados y los heridos (algunos muy graves). Fue como sumergirme en una película. Yo había vivido tranquilamente con una familia unida y sin problemas. Y de repente estoy entre asesinos. Cuidando qué digo en el hotel de la ciudad donde me quedo una noche, porque veo que toman nota de un teléfono al que llamé, inventándome que era empresario de maderas para no desvelar que trabajaba en derechos humanos, viendo a la policía no como el garante de la seguridad sino como aliado de los asesinos de mi gente…

Pero tal vez este segundo viaje fuera lo que me ligó tanto tiempo a Guatemala y con tanta intensidad. El próximo 5 de octubre se cumplen 30 años de aquella masacre. Dos días después presentaré el libro en Málaga, mi ciudad de residencia. Es buen momento para cerrar un ciclo, aunque nunca olvidaré lo vivido.




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