Entrevista a Gabriel Alonso-Carro, filósofo y experto en geopolítica
«Hoy hay contabilizados cincuenta y seis conflictos»

Gabriel Alonso-Carro y García-Crespo (Madrid, 1968) es Licenciado en Filosofía y Letras, Doctor en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y obtuvo el bachillerato en Teología en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid. Funcionario de carrera de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid, fue profesor en la Universidad San Pablo-CEU así como en otras instituciones universitarias y jefe de Estudios de la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación. En medio de conflictos en Ucrania, Groenlandia, Gaza, Venezuela… se ha publicado Globalizar la solidaridad, un libro que versa sobre la geopolítica desde un punto de vista más optimista de lo habitual y donde da un peso importante al papel de la religión.  

¿A qué se debe el tono más optimista de lo habitual de su ensayo?                                                                                                                                                                                                                                                              

Pensemos en el origen de la UE, proyecto de sus cuatro grandes fundadores: SchumanDe GaspieriMonnet y Adenauer. Sin su convencimiento firme de la necesidad de acabar con siglos de guerras en suelo europeo, especialmente entre Francia y Alemania, y de crear un espacio compacto en Europa occidental —defendiendo su civilización y sus valores frente al comunismo soviético— el sueño europeo no sería una realidad hoy.  

La historia reciente de la Política Internacional demuestra que considerarla únicamente bajo el prisma de la Realpolitik, de que se rige solo por el caos y la falta de valores y/o reglas, no es objetivo ni explica bien el mundo internacional.  

En la esfera internacional, no operan conceptos democráticos entre los pueblos sino que operan meras relaciones de poderío. El derecho es el espacio de los iguales. Cuando hay desigualdad, lo que se impone es la fuerza. ¿Esa no podría ser la razón principal de por qué existen todavía guerras? 

Desgraciadamente, el conflicto bélico es un fenómeno humano aún demasiado frecuente pero fíjese que es mucho más improbable hoy entre democracias: lo que ya es un logro, debido al avance planetario de este sistema de gobierno.  

Como digo, no hay que desenfocar el objetivo de la cámara. Siguen existiendo demasiadas guerras pero la sensibilidad por resolver las diferencias mediante medios pacíficos es cada vez mayor y se impone un mayor rechazo a la solución militar.  

Sea por la disuasión nuclear, sea por una mayor conciencia de su atrocidad, o sea por las consecuencias de un enfrentamiento atómico, donde todos tienen que perder, la guerra —especialmente entre grandes potencias— es en nuestros días el último recurso.  

También por el mayor apoyo de las sociedades civiles a la causa de la paz. No es así en todo el planeta pero sí en una parte no desdeñable, lo que hay que tener también en consideración. Reducir los conflictos bélicos a localizaciones concretas y reducir el riesgo de que se produzcan a gran escala ya es un gran avance.  

«Sin EEUU no hubiera habido Declaración de Derechos Humanos, Naciones Unidas, UE o múltiples acuerdos de paz, ni el avance de las democracias parlamentarias o los organismos internacionales de cooperación» 

¿No cree que en las relaciones internacionales se impone el egoísmo, al mirar solo por los intereses propios, y se minan los derechos del otro? 

No se puede ni se debe generalizar: no todo es blanco o negro. Pongamos el ejemplo de los EE.UU. Su política exterior ha obedecido y obedece a intereses propios pero no únicamente. Está muy marcada por el idealismo de la doctrina del ‘Destino manifiesto’, el mesianismo por el cual USA cree un deber expandir la democracia en el mundo —como un gen propio de la nación—.  

Y no cabe ninguna duda de que ha liderado el mundo libre desde hace casi un siglo (con los errores y abusos de cualquier imperio). En definitiva, esto demuestra que no todo es egoísmo e intereses propios en perjuicio de los ajenos. También hay valores, convicciones, criterios morales en el orden internacional.  

Sin ellos, no hubiera habido Declaración de Derechos Humanos, Naciones Unidas, UE o múltiples acuerdos de paz (Centroamérica, Balcanes, Angola…), así como el avance de las democracias parlamentarias, los organismos internacionales de cooperación y los de integración, etc. 

Hay tantos conflictos en la actualidad que los medios no podemos escapar del ‘fenómeno CNN’ y no logramos atender a todos: Sudán del Sur, Sudán, Yemen, Etiopía, Somalia, Congo, Siria, Nigeria, Haití… Conflictos que un día salieron en el telediario y que han desaparecido de las televisiones pero no de las carnes de sus víctimas. ¿Hay motivos para el optimismo? 

Hoy hay contabilizados cincuenta y seis conflictos. Muchos de ellos enquistados y hasta olvidados porque no importan o afectan directamente a determinadas opiniones públicas (por eso no son noticia) Es una evidencia que no pretendo negar.  

Lo que ocurre es que precisamente por esa globalización de la información y el mayor impacto de lo que ocurre en escenarios muy distantes, cada vez se cobra mayor conciencia del fracaso colectivo que supone para la Humanidad tanto sufrimiento y destrucción. Pongamos el ejemplo de Ucrania o Gaza: sin meterme en polémicas, la reacción ante las masacres, la violación del Derecho Internacional y el abuso de la fuerza (sea invadiendo naciones, sea castigando a la población civil) ha producido reacciones de condena y duras sanciones, procedimientos judiciales y procesos en las Cortes penales internacionales aparte.  

Esta respuesta de la comunidad internacional no se debe ante todo a una lógica de poder e intereses, aunque puedan existir, sino a una conciencia común de los límites y de la validez de las normas.  Es un motivo para el optimismo, y estoy convencido de que este impulso, si no es capaz de parar algunas guerras, al menos supondrá un coste muy alto disuasorio en el futuro sino lo es ya. Lo que haría falta es extender esta sensibilidad al resto de conflictos, pero no es poco lo que ya se ha avanzado.  

¿Cree que se puede ser optimista en un momento en el que han coincidido en el tiempo líderes internacionales como Donald Trump, Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu? 

No olvidemos que dos de ellos han sido elegidos democráticamente y el tercero en liza tiene un gran apoyo social detrás en su iniciativa bélica. Ciertamente es un momento de hiperliderazgos políticos, a menudo descabellados, pero no hace tanto tuvimos a una Angela Merkel (sin que fuera perfecta, nadie lo es), hoy tenemos a un sucesor muy prometedor, Friedrich Merz,  y hubo gobernantes que dieron la talla (GorbachovBush padre…) y otros que hoy están a la altura (aunque añoremos perfiles más sólidos).  

Quizá nos gustaría tener mejores políticos en países claves pero son coyunturas que van y vienen. El balance general y con amplia perspectiva aconseja «no tirar al niño con el agua sucia del baño». Es decir, no valorar lo positivo que hay entendiendo que todo es nefasto y despreciable porque no es así.  

¿Cómo cree que acabará el conflicto entre Rusia y Ucrania? 

Probablemente se enquiste porque tiene muy difícil solución. No soy adivino pero fíjese en las dos Coreas que aún están divididas tras más de medio siglo. Con fronteras artificiales y militarizadas. Pero al menos, tómese nota, no ha vencido esta vez el uso de la fuerza sin más —por más que haya sido un conflicto protagonizado por el país más grande del mundo—. Antes, no hace tanto, esto era impensable.  

«El factor religioso es ambivalente y susceptible de lo mejor y de lo peor. No es solo fanatismo, también ha sido y es factor de paz» 

Usted resalta un papel fundamental de las religiones en la resolución de conflictos y pone ejemplos como los de Desmond Tutu y la Comunidad de San Egidio. ¿Qué les diría a los que ponen ejemplos de cómo la religión reaviva o incluso abre conflictos como Al Qaeda, ISIS, Boko Haram o hasta la relación del Ku Klux Klan con el protestantismo cristiano? 

Diría que el factor religioso es ambivalente y, como todo lo humano, susceptible de lo mejor y de lo peor. Pero la religión no es solo fanatismo, imposición o violencia (patologías del radicalismo que se dan en otros ámbitos) sino que también ha sido y es factor de paz.  

En el libro pongo sobrados ejemplos de cómo el reducir el papel de lo religioso a la acción perversa de estos grupos que se citan es una caricatura grotesca e injusta. La religión es un hecho omnipresente a nivel mundial, menos en el occidente secularizado, y si todo fuera como se pinta tan negativamente en algunos casos, no tendríamos las amplísimas áreas de convivencia pacífica y concordia que se dan en muchos lugares del mundo.  

«Se entendió mal la cooperación al desarrollo: como un paternalismo, beneficencia o una manera de lavar la mala conciencia de los países más prósperos» 

Usted tiene también mucha experiencia en cooperación. El Plan Marshall logró levantar a una Europa arruinada y salida de la peor guerra histórica y poco después Reino Unido, Alemania y Francia volvieron a ser potencias mundiales. Las ONG llevan casi 50 años en África y Asia. Las comunidades de misioneros aún más. Y siguen a la cola del desarrollo. ¿Qué ocurre con la cooperación internacional para el desarrollo más allá de la fatiga del donante? 

Ha ocurrido que se entendió mal la cooperación al desarrollo: como un paternalismo, beneficencia o una manera de lavar la mala conciencia de los países más prósperos. Pero nótese que se han ido corrigiendo estos defectos progresivamente y que la incorporación de muchos países en vías de desarrollo a la economía y mercados internacionales ha supuesto una reducción drástica de la pobreza en grandes zonas del planeta.  

Fíjese que, aunque queda mucho por hacer, se ha reducido muchísimo el hambre severa y también la pobreza hasta el punto de que uno de los ODS aspira a eliminarla en el 2030. Es demasiado optimista pero es indicativo.  

«Trump dijo en la sede de la ONU haber resuelto siete conflictos» 

¿Prevé que en los próximos años podrá solucionarse alguno de los conflictos enquistados desde hace décadas? 

Difícil de responder por lo cambiante y volátil del escenario actual pero, como habrá observado, prefiero la perspectiva amplia y el análisis general a confinarse en un momento histórico puntual o un horizonte limitado espacialmente, creo que hay una tendencia positiva en este sentido.  

No es wishful thinking: se están dando algunos pasos en el Congo, país que ha sufrido lo indecible, y hoy mismo un presidente tan polémico como Trump ha recordado en la sede de NN.UU. haber resuelto siete conflictos. Habría que valorar lo que dice, pero me parece también significativo: sin duda sería un gran logro y aplaudido por la comunidad mundial, lo que indica la buena dirección, aunque el mundo no sea aún hoy precisamente idílico.  

Por todo ello hablo de un cierto «Idealismo sin hacerse ilusiones» en mi ensayo.  Esta óptica es indispensable para que la Humanidad pueda afrontar como comunidad global los grandes retos que se le presentan: cambio climático, IA, migraciones masivas, etc. No es una visión cierta porque la necesitemos, sino que la precisamos recuperar porque es objetiva y cierta.  

La lucha científica contra la covid-19, el haber revertido la capa de ozono o la exitosa lucha, aunque queda aún, contra la pobreza y el hambre severa demuestran que el género humano tiene un horizonte de futuro si se rige con criterios de ética y de solidaridad compartida: no es un sueño quimérico porque ya se ha dado en la Historia reciente, es más que real. 




 

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