En el e81 aniversario de la rendición de la Alemania nazi, entrevistamos a Pablo Gea con motivo de su libro sobre el Derecho en el Te8rcer Reich.
Su libro se puede dividir en dos partes claramente diferenciadas. Una más dedicada a cuestiones históricas e ideológicas y otra a lo puramente jurídico. En una época en la que el término ‘fascista’ se usa como insulto sin ninguna base politológica detrás, usted desmenuza lo que es el fascismo. Y va algo que puede llamar la atención. ¿En qué se diferencian básicamente fascismo y nazismo?
Si afirmara que el fascismo y el nacionalsocialismo no sólo eran diferentes, sino que, en aspectos fundamentales, eran opuestos, cualquiera diría que es un disparate. Pero más allá de las apariencias y de las generalizaciones interesadas, lo cierto es que ambas ideologías y ambos regímenes políticos eran sustancialmente distintos. De hecho, el nacionalsocialismo se parece más al comunismo que al fascismo.
Al hablar de ‘fascismo’, hay que acotarlo al movimiento liderado por Benito Mussolini durante la posguerra italiana. Se trató de un planteamiento socialista revolucionario que asimiló aspectos del nacionalismo romántico, despojó al marxismo de sus elementos materialistas y planteó una síntesis integradora de todas las filosofías políticas habidas hasta la fecha. Pues la acción daba forma al pensamiento, y no al revés. Por lo tanto, no se trató de un movimiento conservador, sino de un nacionalismo revolucionario o un socialismo nacionalista, por así decirlo. En cualquier caso, el Estado se asumió como la columna vertebral de la sociedad, concibiéndose el término ‘totalitario’ como una suerte de ‘Estado tutor’.
Por el contrario, cuando hablamos de nacionalsocialismo estamos ante una ideología colectivista y revolucionaria, que se basa en el voluntarismo y aúna el socialismo revolucionario con elementos místicos procedentes del paganismo nórdico. Se busca no una síntesis integradora como en el caso del fascismo, sino una ruptura con todo lo anterior, disolviendo al individuo en la colectividad. El nacionalsocialismo es furibundamente anticapitalista, y es de su anticapitalismo del que deriva su antisemitismo, entiende la lucha contra el judaísmo como una lucha contra el capitalismo explotador. Nada de esto se halla en el movimiento de Mussolini.
Por esta razón, la Italia fascista no alteró sustancialmente las conciencias de los italianos, pudiendo ser Mussolini desalojado del poder por las propias instancias políticas italianas. Algo así había sido inconcebible en el caso de Hitler, que sí consiguió nazificar Alemania y arrastrar a su pueblo hacia una guerra total de exterminio que acabó con su derrota absoluta.
«Hitler fue el gran alumno de Lenin. Hitler y Goebbels no cejaron de repetir el parentesco del nacionalsocialismo con el marxismo»
¿Vladimir Putin podría ser un ejemplo de cómo ambas ideologías están más cerca de lo que parece?
El caso de Putin es particular, por cuanto él y sus élites han fundido el estatalismo de la ‘comisariocracia’ soviética con el nacionalismo ruso tradicional, conservador, etnocéntrico y eslavófilo. Putin no es un ideólogo en el sentido estricto del término, sino un estadista que considera que encarna los valores ‘auténticos’ de Rusia. Es una criatura del sistema soviético, un chequista, educado en la despiadada cultura de la eliminación del enemigo político. Pero también un animal político astuto que es plenamente consciente del fracaso del comunismo como ideología y como sistema político. El nacionalismo de Putin no tiene absolutamente nada que ver con el nacionalsocialismo, puesto que el primero es un nacionalismo tradicionalista, cristiano y conservador, mientras que el segundo es una nacionalismo socialista, anticristiano y revolucionario.
Hitler libró una guerra racial revolucionaria, mientras que la guerra de Putin es estrictamente geopolítica. Los nazis trataron de implementar un nuevo modelo de sociedad, abandonando las tradiciones morales previamente existentes, pero Putin pretende justo lo contrario, una preservación de lo tradicional como seña de identidad frente a la que concibe como un Occidente decadente.
«ETA ha sido y es un movimiento nacionalista vasco de matriz marxista, es decir, un nacionalismo socialista revolucionario. Tiene similitud con el nazismo, con componentes racista y supremacista y la violencia revolucionaria»
Cuando uno piensa en el nazismo le viene a la mente un Estado opresor de ‘ley y orden’, por perversas que fueran esas leyes. Pero usted habla de anarquía estatal.
¡Absolutamente! ¡Cualquier ácrata hubiera estado orgulloso! Y es que el Tercer Reich, presentado como el Estado Totalitario perfecto, máximo exponente de la disciplina germana, era un auténtico desastre. Los sorprendente no es que perdiera la guerra, sino que aguantara tanto ante potencias organizativa como económicamente superiores. La Alemania nazi no era un sistema totalitario tal y como podemos entenderlo, sino un Estado neofeudal, en el que los diferentes ‘portadores de poder’ (el Partido, las SS, los gobernadores regionales, el Ejército, el mundo empresarial) competían entre sí. Hitler era un gobernante voluntarista y asistemático, enemigo de la burocracia y de los procesos organizados de toma de decisiones. Por esta razón, no existió nunca durante toda su dictadura ningún gobierno digno de tal nombre.
Pongamos el ejemplo de la dictadura de Stalin: se trataba de un sistema totalitario precisamente porque existía un monopolio del poder por parte de Partido Comunista y de su líder, con una burocracia y un gobierno organizados; no había competencia suicida entre instancias. El Tercer Reich era lo opuesto al orden: Hitler intervenía caprichosamente en diferentes asuntos, enfrentaba a unos grupos con otros, de manera que los líderes debían su poder al acercamiento o lejanía que en un momento dado tuvieran respecto al Führer, lo que a su vez provocó que el equilibro de poder fuese fluido durante los doce años de dictadura nacionalsocialista.
«El movimiento skinhead nace como una contrapartida obrera al movimiento hippie, oponiéndose a la extracción burguesa de estos últimos»
¿Se podrían asemejar las secciones asalto (SA) a los skinheads de las actualidad?
No. Es cierto que ambos grupos estaban constituidos por matones en muchos casos, pero las semejanzas terminan ahí. Los actuales skinheads distan de tener una ideología clara, y están divididos en múltiples tendencias según los países, las zonas e incluso los barrios. Muchos carecen de una organización coherente y se dedican más bien a la violencia gratuita o a la liturgia nostálgica trasnochada. Es importante no perder de vista que el movimiento skinhead nace como una contrapartida obrera al movimiento hippie, oponiéndose a la extracción burguesa de estos últimos. Lo que quiere decir que existen cabezas rapadas enmarcados en tendencias nacionalsocialistas, como también los hay de tendencia comunista o simplemente socialista y revolucionaria. Confundir el llamado neonazismo con los cabezas rapadas se trata de un error, por cuanto se trata este último de un movimiento más amplio y plural, que además surgió a su vez del movimiento mod británico.
Las SA, por el contrario, pertenecían al NSDAP, y estaban dentro de la organización del partido y de sus líderes. Es decir, estaban insertas dentro de un plan revolucionario dirigido a la toma del poder, violenta o no. De las SA nacen las SS, más refinadas y letales. Tanto es así que, cuando los llamados camisas pardas se convirtieron en una molestia, fueron eliminados durante la Noche de los cuchillos largos por las SS. Las SA, al mando de su líder Ernst Röhm, constituían unos de los sectores más revolucionarios del nazismo, y su idea era sustituir al ejército alemán por una suerte de ‘ejército del pueblo’, capaz de hacer una auténtica revolución anticapitalista y antiburguesa.
«En el régimen nazi muchos fueron meros sujetos ambiciosos que querían progresar en sus carrera; el jefe de la GESTAPO había sido policía persiguiendo a nazis y comunistas»
Adolf Eichmann argumentaba en el juicio que le hicieron en Jerusalem que sólo cumplía órdenes. ¿Cuánta complicidad hubo de la población alemana con el nazismo?
Tengamos en cuenta que Hitler y los nacionalsocialistas llegaron al poder en enero de 1933, y que lo retuvieron hasta mayo de 1945. Doce años. Lo que a menudo se olvida es que si sumamos los votos de los comunistas, los socialdemócratas, el centro y los conservadores, se obtiene una mayoría parlamentaria mayor a la que obtuvieron los nazis. Es decir, que es un mito ese por el cual la mayoría de los alemanes votaron a Hitler. No fue así. En las últimas elecciones democráticas de la República de Weimar fueron la fuerza con mayor número tanto de votos como de escaños, eso sí, pero retrocedieron con respecto a las anteriores.
Cuestión diferente es que, una vez echó a andar el Tercer Reich, los nacionalsocialistas obtuvieran una aprobación más o menos mayoritaria. Que es diferente de un apoyo decidido. Como en la mayoría de estos casos, los ciudadanos alemanes bascularon entre la militancia ideológica, la aceptación pasiva y la oposición frontal. Muchos ciudadanos trataron de vivir en el contexto que les tocó y esforzarse por prosperar, independientemente del sistema político.
Sin duda, la labor de adoctrinamiento del nazismo fue notable. Pero no todos los alemanes les apoyaron en el mismo grado ni este apoyo fue constante en el tiempo. Muchos fueron meros sujetos ambiciosos que querían progresar en sus carreras, como el jefe de la GESTAPO, Heinrich Müller. Había sido policía durante la República de Weimar, persiguiendo a nazis y comunistas por igual. Al llegar los primeros al poder colaboró con ellos, como lo habría hecho con los comunistas o cualquier otro.
Es interesante observar cómo muchos de los que trabajaron para los nazis lo hicieron para las comunistas en la República Democrática Alemana (RDA), entre ellos agentes de la misma GESTAPO y de las SS, que ingresaron en la Stasi, la policía política de la dictadura comunista de Alemania Oriental.
«Muchos de los que trabajaron para los nazis lo hicieron para las comunistas en la RDA, entre ellos agentes de la GESTAPO y de las SS, que ingresaron en la Stasi»
¿Qué opina de la subida en Alemania de AfD, con posibilidades de acceder al gobierno en no mucho tiempo, aun cuando tiene dirigentes que cada vez ocultan menos discursos negacionistas del Holocausto?
Para hacer un juicio riguroso sobre esto hay que comenzar diciendo que AfD es un partido soberanista que recoge múltiples tendencias. Su líder, Alice Weidel, es una mujer lesbiana que está casada con otra mujer. Y su caladero de voto principal son los territorios de la extinta RDA, la Alemania comunista. No sólo sube AfD, también lo hace Alianza Sahra Wagenknecht-Por la Razón y la Justicia (BSW), que es marxista-leninista aunque anti-inmigración, y no condena el genocidio comunista ni la dictadura del SED (Partido Socialista Unificado de Alemania), el partido que dirigió con mano de hierro los destinos de la RDA durante casi medio siglo.
Lo cierto es que es natural que las capas más humildes y los grupos más desfavorecidos acudan a formaciones outsider del sistema, especialmente en Alemania, inmersa ahora en un caos político y en una crisis económica severa. Los alemanes, que antes se reían de Donald Trump cuando se lo advirtió, lo fiaron todo a la dependencia del gas ruso, cometiendo al absurdo de cerrar las centrales nucleares y querer ser los primeros y más enérgicos en imponer ese nuevo totalitarismo del siglo XXI que es la ideología woke.
Ahora están pagando el precio, y no se puede culpar a los que votan a una AfD prorrusa ante el silencio bochornoso del canciller saliente Olaf Scholz, socialdemócrata, ante la destrucción de los gasoductos Nord Stream, que a estas alturas todos sabemos que fue una operación conjunta ucraniana y estadounidense. Al alemán que se muere de frío en invierno, ¿qué tienen que decirle los socialdemócratas y los demócratacristianos?
«Si hay alguien tiene algo que ver con los ‘fascistas’, son los creyentes de la religión woke. En este escenario, la victoria de Donald Trump es un soplo de aire fresco para aquellos que defienden la libertad»
En unos días Donald Trump retoma la presidencia de EEUU. Para el movimiento woke es prácticamente la toma del poder por parte del fascismo de la democracia más poderosa económicamente del mundo. ¿Qué les diría a los que mantienen este discurso?
Que se lo hagan mirar. Francamente, equiparar a Donald Trump y al Partido Republicano de los Estados Unidos con el ‘fascismo’ es un absurdo. No es más que la muestra del discurso gastado inquisitorial, que califica como ‘fascista’ a todo aquél que osa discrepar de la dictadura de lo políticamente correcto. Quienes siguen la ideología woke son los auténticos opresores de los vecinos, sustituyendo la discusión libre, el conocimiento científico y el raciocinio por el fanatismo sentimentaloide, en el que cualquier cosa que no sea la simplificación infantil de la compleja realidad es rápidamente señalada, motejada y excluida. Exactamente igual que hacían los nazis y los comunistas. Si hay alguien aquí que tiene algo que ver con los ‘fascistas’, esos son los creyentes de la religión woke.
Esto es algo más profundo de lo que parece, por cuanto el wokismo está basado en un rousseaunismo exacerbado, que pretende disolver al individuo en la colectividad, destruir la complejidad industrial de las sociedades modernas y regresar a una supuesta arcadia agraria y mística. En esto pensaban los jacobinos, en esto pensaban los nazis y en esto pensaban los comunistas. El wokismo es un descendiente directo de estos movimientos, lo sepan o no sus militantes, como lo demuestra su misma predisposición totalitaria a la censura y a la imposición. En este escenario, la victoria de Donald Trump es un soplo de aire fresco para aquellos que defienden la libertad.