
La velada se presentaba atractiva: “Jesucristo Superstar” con los actores de la Escuela de Teatro del Colegio San José SS.CC., de cuya fundación se cumplen ahora 70 años, aunque en Sevilla y, sobre todo en Los Remedios, lo conocemos popularmente como el Colegio de los Padres Blancos.
En la función de estreno no cabía un alfiler, pero es que en las siguientes el lleno era absoluto. La respuesta del público ha sido, como casi siempre, excepcional, e incluso me atrevería a calificar la actuación de todo el elenco como sobresaliente. Resultaba inevitable adentrarse en el túnel del tiempo y verte en el desaparecido cine Imperial de la calle Sierpes en aquel marzo de 1975, contemplando una película que a duras penas había superado la censura, donde se nos presentaba un Judas de color y una María Magdalena que parecía enamorada de Jesús en un musical de rock.
El éxito del film impulsó a Camilo Sesto a invertir 12 millones de las antiguas pesetas y montar un musical en noviembre de aquel año en el teatro Alcalá Palace de Madrid junto a Ángela Carrasco y Teddy Bautista, entre otros, que resultó todo un éxito los cinco meses que estuvo en cartel. En 1984 el mismo director, Jaime Azpilicueta, volvió a montar la obra esta vez con Pablo Abraira y Sergio y Estíbaliz entre otros cantantes, y, finalmente en 2007 Jesucristo Superstar regresó a la cartelera española de la mano de Stage Entertainment.
Mientras contemplaba la función pensaba que ninguno de los actores había nacido cuando se estrenó esta obra, que el teatro es mucho más que personas memorizando líneas sobre un escenario, que es una de las formas más puras de comunicación humana, un arte efímero y presencial, con valores únicos que difícilmente se replican en medios digitales.
Históricamente, el teatro ha sido una herramienta para cuestionar el poder, las normas sociales y la moralidad desde sus orígenes en la Grecia clásica. Esa noche, los actores consiguieron crear un vínculo invisible pero real entre el público y ellos: ¡Qué bien manejaron el lenguaje corporal, con sus gestos, su inmovilidad (excelente composición de la Virgen María con Jesús muerto en sus brazos), sus miradas!
Les confieso que nunca he sido de lágrima fácil en el cine ni en el teatro (tan solo me emocioné en la película “Candilejas” cuando el personaje que interpreta Charles Chaplin agoniza viendo como triunfa la joven a quien había salvado del suicidio, y “Alatriste” cuando el veterano que sabe que va a morir en la batalla de Rocroi le dice al joven soldado “Cuenta lo que fuimos”), pero escuchar de fondo la voz de Camilo Sesto cantando “Getsemaní” o la de Ángela Carrasco en “No sé como amarle”, despertó sentimientos complejos en muchos de los espectadores que no sabría como expresar.
Para quienes lo practican (y quienes lo observan), el Teatro es una escuela de vida: disciplina y trabajo en equipo, donde actores, técnicos y directores dependen mutuamente del éxito del otro; es el punto de encuentro de la literatura (el guion), las artes plásticas (escenografía), la música y la danza.
De la obra en sí me quedo con la enseñanza del coraje ante el miedo (la valentía no es la ausencia de miedo, sino actuar a pesar de él); cómo las masas pueden ser volubles (la multitud que hoy grita «Hossana» es la misma que mañana gritará «Crucifícalo»); advierte sobre los peligros de seguir ciegamente a un líder o de convertir un mensaje de cambio en un simple espectáculo de entretenimiento; la compasión por los desfavorecidos (leprosos, prostitutas, pobres) frente a estructuras de poder corruptas o indiferentes (representadas por Caifás y Pilato), y, sobre todo, el sacrificio de Jesús que asume su deber por encima de su deseo personal, ante el racionalismo de Judas, cuya lógica le invita a cuestionar su lealtad.
Es curioso como en muy poco espacio de tiempo la serie “Chosen”, la película “Los domingos”, el musical “Godspell” en el teatro Pavón de Madrid, dirigido por Antonio Banderas y ahora “Jesucristo Superstar” están cosechando éxitos por separado. La Buena Nueva del Evangelio siempre es nueva.
Felicidades a todo el elenco de actores de la Escuela de Teatro San José SS.CC., a los técnicos (luces, sonido, montaje audiovisual, maquillaje, vestuario, atrezzo, etc.) y sobre todo a Juan Barroso, su director: habéis realizado un gran trabajo. Como dejó escrito Federico García Lorca, El teatro no se hace para cantar las cosas, sino para decir de qué modo estamos vivos.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com