Entrevista a Juan Manuel Vera, economista y ensayista
«Para los niños de la posguerra española los tebeos eran una iniciación privilegiada a la lectura»

Juan Manuel Vera es economista y ha desarrollado una extensa actividad profesional centrada en las técnicas y estrategias contra el fraude fiscal. Forma parte del consejo editorial de la revista Trasversales. Colabora con la Fundación Andreu Nin en la recuperación de la memoria de la izquierda antiestalinista.  

Ha publicado numerosos textos sobre temas históricos, políticos y sociales, defendiendo alternativas democrático-libertarias. En el campo de la filosofía política ha contribuido, desde los años 90, a la divulgación en España de la obra de Cornelius Castoriadis. Es autor, entre otros libros, de Contra las oligarquías (2022) y de Castoriadis en su tiempo (2023). En junio de 2025 publicó A Sangre y Fuego, un repaso a la Guerra Civil, a la posguerra, a las guerras mundiales, a las guerras actuales… y a la época en la que los chicos cambiaban tebeos del Jabato y del Capitán Trueno. 

Empecemos por la parte quizá más trivial. ¿Cómo vivió aquella época del intercambio de tebeos, del ‘sile’ y ‘nole’? 

Para los niños de la posguerra española los tebeos eran un entretenimiento muy importante, además de una iniciación privilegiada a la lectura. Dado que todos compartíamos unas mismas historias, éstas se convertían en una forma intensa de socialización, tanto por poder comentar entre nosotros las aventuras que leíamos como, también, por utilizar el trueque de tebeos como una forma no solo de conseguir nuevas lecturas y completar colecciones, sino de compartir las tardes tras salir del colegio, por no hablar de los interminables veranos. 

En mi caso, como en muchos chicos en los años sesenta, de todas esas historias la que más me impresionó fue El Capitán Trueno, el mayor éxito de Editorial Bruguera, que llegó a vender más de 300.000 ejemplares semanales. Algo difícil de imaginar ahora. 

En mi libro A sangre y fuego, reflexiono sobre la naturaleza de ese personaje y en como influyó en mis percepciones del mundo, sin dejar de evocar a su guionista, Víctor Mora. No deja de ser curioso que el creador del personaje más popular durante la dictadura fuera un militante clandestino de la oposición antifranquista. 

«Toda memoria colectiva debe aspirar a ser global, a ser incluyente y no unilateral»

En su libro no esconde sus ideas, e incluso militancia, izquierdistas. Sin embargo, no es habitual pedir desde la izquierda una memoria histórica global, incluyendo las atrocidades de los bandos (no había uno solo) de la República, por mucho que hubiesen sido juzgados en la Causa General. 

Todos tenemos una historia personal e ideológica que no debería entenderse nunca como una identidad, sino como un punto de partida para abordar la tarea ilimitada de comprender el mundo y comprendernos a nosotros mismos.  

La cuestión de la memoria colectiva es algo bastante complejo. En mi opinión toda memoria colectiva debe aspirar a ser global, a ser incluyente y no unilateral. Evidentemente en España, donde durante décadas de dictadura la memoria oficial fue totalizadora y globalizante, con un maniqueísmo llevado al extremo y destinada a la apología de un dictador, los problemas que planteaba superar ese punto de partida para el régimen democrático nacido en 1978 no eran sencillos. 

Durante la guerra civil ambos bandos cometieron innumerables atrocidades que hoy encajarían en el concepto de crímenes contra la humanidad. Eso debe explicarse y condenarse, en todos los casos. No es un tema cuantitativo, aunque la cifra de víctimas de la represión entre 1936 y 1939, según acreditan los estudios históricos más detallados, fue superior en la zona franquista respecto a la republicana. No es ésa la cuestión esencial. Una memoria colectiva debería integrar todas las víctimas y condenar todas las iniquidades. 

La cuestión de las víctimas, de uno y otro bando, nunca debería mezclarse con la cuestión de la legitimidad de la dictadura franquista. El franquismo, como todas las dictaduras, fue un régimen ilegítimo por naturaleza, al margen de las víctimas que causara. Ello debería ser incondicionalmente así para cualquier persona que se considere demócrata. 

¿La Causa General se ocupó de venganzas internas de la izquierda o solo de actos contra la derecha? 

La Causa General formó parte de una política de venganza contra los republicanos derrotados, totalmente alejada de cualquier criterio de humanismo, justicia o reconciliación entre los españoles. Su objeto era el conjunto de las personas que se habían opuesto al alzamiento.  

Hay que tener presente que frecuentemente las acusaciones no se referían a acciones concretas de carácter criminal sino a un indefinido «auxilio a la rebelión», que era la forma en que los tribunales militares en sus juicios sumarísimos acusaban a quienes habían apoyado a la República, lo cual podía conducir, y lo hacía en numerosas ocasiones, a una condena a muerte. Alrededor de 20.000 personas fueron ejecutadas en la primera década de la posguerra. 

Tampoco debe olvidarse que todas las acciones cometidas por los vencedores, incluidas las más atroces, quedaron exentas de cualquier responsabilidad. 

Hay un gran desconocimiento sobre cómo inicialmente el PCF acogió de buen grado la invasión nazi de Francia (no olvidemos que Alemania y la URSS fueron aliadas hasta 1941), o que los comunistas argentinos aplaudieron el golpe de Videla contra el peronismo. ¿Los comunistas son hábiles en tapar sus vergüenzas? 

El pacto germano-soviético fue indudablemente uno de los capítulos más vergonzosos de la política exterior de Stalin y provocó un enorme desconcierto entre muchos comunistas, un desconcierto de una dimensión que no se repetiría hasta 1956 con la invasión soviética de Hungría. 

Pero si queremos equilibrar las historias y las vergüenzas tampoco deberíamos olvidar cómo las derechas ‘conservadoras’ y ‘liberales’ facilitaron el camino a la conquista del poder de Hitler, antes y después de las elecciones de marzo de 1933, y a su destrucción de la República de Weimar. O recordar las políticas de ‘no intervención’ respecto a la guerra española, que hicieron posible la decisiva intervención militar alemana e italiana. O la estrategia de Chamberlain de apaciguamiento frente al expansionismo del Tercer Reich.  

No sé si los comunistas son muy hábiles para tapar sus vergüenzas, como su actitud ante el golpe de Videla, pero tampoco conviene olvidar que la mayoría de las dictaduras latinoamericanas anticomunistas fueron fomentadas y apadrinadas en el contexto de la Guerra Fría por la Administración estadounidense. 

«Los procesos de Núremberg y de Tokio tuvieron una limitación evidente, dejar fuera los crímenes de guerra cometidos por los aliados» 

Usted habla de Katyn. Pero va más lejos. Señala que la historia la escriben los vencedores y por ello durante muchos años no se habló de Dresde, de las 100.000 mujeres violadas en Berlín por los rusos, de Hiroshima y Nagasaki.  

En A sangre y fuego dedicó atención al lento proceso de construcción de una legalidad y una justicia internacional, construida trabajosamente para crear conceptos como la prohibición de las guerras de agresión e impedir y castigar los crímenes de guerra, los crímenes contra la humanidad y el genocidio.  

Aunque los procesos de Núremberg y de Tokio, al final de la Segunda Guerra Mundial, fueron decisivos en una consolidación primaria de esos conceptos, su limitación era evidente, visto desde una perspectiva histórica, al dejar fuera los crímenes de guerra o contra la humanidad cometidos por los aliados.  

Avanzar en el camino de la legalidad y la justicia internacional significa precisamente universalizar esos criterios, algo que ha sido y será un camino tortuoso, pero que es la única vía que tiene la humanidad para evitar caer una y otra vez en esos precipicios de destrucción. 

Las bombas atómicas pararon en seco la Segunda Guerra Mundial con la rendición de Japón. ¿El fin justificó los medios? 

Las visiones estratégicas sobre la guerra son dominantes tanto entre la izquierda como en la derecha del espectro político, siguiendo en algunos aspectos la estela de Karl von Clausewitz, que ya señalaba la tendencia inevitable de las guerras a utilizar los medios más poderosos disponibles. En las concepciones estratégicas sobre las decisiones bélicas todo parece racional e instrumental. Pero si pensamos mínimamente en serio nos daremos cuenta de la atroz falacia que ello supone. Bastaría pensar en la distancia inconmensurable que existe entre las causas y objetivos aparentes de las guerras y sus consecuencias catastróficas. 

La justificación del presidente Truman de que masacrar a centenares de miles de seres humanos, civiles inocentes, que habitaban ciudades japonesas había ahorrado vidas humanas supone aceptar que necesariamente Estados Unidos debía ocupar Japón como única forma de finalizar la guerra, y que para conseguir ese fin todo medio era válido, incluso vulnerar el más elemental de los supuestos que limitan la conducta de guerra, el jus ad bellum, el de asesinar indiscriminadamente a civiles. El argumento de Truman resume la visión más pura y dura de cualquier gran criminal de guerra, que siempre tiene razones para justificar sus actos. 

También mete el dedo en la llaga cuando denuncia el comportamiento del PCE y la izquierda española en general ante la barbarie de Slobodan Milošević en Croacia y Bosnia-Herzegovina. El PCE en concreto parecía más preocupado sobre las causas de la muerte del genocida serbio en una cárcel holandesa que por las atrocidades que cometió. 

La solidaridad con los musulmanes bosnios, las principales víctimas del nacionalismo supremacista de Milošević, fue mucho más débil en la sociedad española de lo que debiera haber sido frente a la primera gran limpieza étnica ocurrida en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo perfectamente concentraciones en las que estábamos apenas un centenar de personas frente al Ministerio de Asuntos Exteriores mientras se perpetraba un atroz genocidio. 

En relación a los comportamientos de la izquierda de tradición comunista es cierto que mantuvo en general el silencio sobre esas atrocidades. Sin embargo, es justo señalar que desde el PSOE, y con el protagonismo de personalidades independientes de izquierda como José María Mendiluce, se hizo una denuncia constante de esos crímenes. En cuanto a la derecha, como suele ocurrir ante las grandes crisis humanitarias, se mantuvo con un perfil bajo, distante de lo que ocurría, tal vez porque la mayoría de las víctimas eran musulmanas, aunque no adoptó una conducta tan inaceptable como ahora hace respecto a las acciones genocidas de Netanyahu en Gaza. 

Serbia es un ejemplo de cómo la extrema izquierda (el Partido Socialista Serbio) se alía en ocasiones con la extrema derecha (el Partido Radical de Vojislav Seselj), como hicieran Stalin y Hitler. ¿Ve algo en común entre el comunismo y el fascismo? 

Siempre he compartido las concepciones de Hannah Arendt sobre el totalitarismo como matriz común, a pesar de las diferencias, entre los fascismos y los comunismos estalinistas y maoístas.  

No es desde una línea diferenciadora entre izquierda y derecha como puede entenderse lo que representa un régimen como el de Milošević, basado en una concepción ultranacionalista serbia, que destruyó el federalismo de la antigua Yugoeslavia y negaba la existencia de las restantes naciones y pueblos que convivían, con un trasfondo histórico de enfrentamientos, en esa zona de los Balcanes.  

Vladimir Putin es apoyado por la extrema derecha y al menos antes de la guerra de Ucrania era apoyado también por la izquierda podemita. En el panorama internacional es apoyado por Cuba, Nicaragua, Venezuela, China, Corea del Norte. ¿Dónde está Putin situado ideológicamente? 

–  El régimen ruso de Vladimir Putin representa una opción nacionalista imperial y agresiva. Ha construido un régimen autocrático basado en una democracia electoral simulada, fuertemente represiva de las libertades y los derechos individuales, homófoba y regresiva frente a los derechos de las mujeres. 

Preguntarse por la ubicación ideológica de Putin es algo tan desenfocado como preguntarse si se encuentra más próximo a Hitler o a Stalin, algo difícil de decidir porque sus actos exteriores recuerdan ambos pasados históricos. Sus agresiones bélicas desde Georgia o Chechenia, hasta la brutal invasión de Ucrania, son el auténtico sentido de su política o ideología.  

Que le apoyen dictaduras totalitarias o postotalitarias o autocracias forma parte de la lógica de las cosas. Como su proximidad ideológica con Donald Trump. No es en el eje izquierda/derecha donde eso puede ser comprendido con más sentido político, sino en otro eje, mucho más importante, el que diferencia la civilización de la barbarie. 

«El Tribunal Penal Internacional es una de las pocas instituciones que hoy alimentan la esperanza de que algún día quienes cometan atroces crímenes sean sentados en un banquillo» 

Hace referencia a muchas guerras que están fuera del foco del ‘efecto CNN’. Los cascos azules no pudieron parar la matanza de Srebrenica, ni el genocidio de Ruanda. ¿La ONU está paralizada? 

La ONU actualmente es incapaz de actuar contra las principales violaciones de la legalidad internacional, que son cometidas en gran medida por miembros del Consejo de Seguridad o por aliados de alguno de ellos. No fue capaz de imponer una exclusión aérea en Siria, debido al veto de Rusia y China, ni de evitar los ataques brutales contra la población civil. No ha impedido guerras que violan abiertamente la Carta de Naciones Unidas, como la invasión de Ucrania. Tampoco está sirviendo actualmente para contener la despiadada matanza de Gaza, por el veto de Estados Unidos. 

En la última década del pasado siglo, tras el final de la Guerra Fría, pudo haber alguna perspectiva de un nuevo orden basado en la legalidad y la justicia internacional, a pesar de los fiascos parciales en la antigua Yugoeslavia y del fracaso completo en Ruanda.  

Fue el momento que permitió poner en marcha el Tribunal Penal Internacional, una de las pocas instituciones que hoy alimentan la esperanza de que algún día quienes violan las fronteras reconocidas internacionalmente como Putin, o cometen atroces crímenes contra la población palestina, como Netanyahu, sean sentados en un banquillo. 

Usted defiende la intervención militar en algunos casos como el de Kosovo. Es una postura poco común en la izquierda. Lo estamos viendo en las negativas de Podemos y Sumar a intervenir con apoyo militar a Ucrania. ¿Cuándo está justificada una intervención exterior? 

La intervención internacional puede ser la única solución ante supuestos de genocidio o crímenes contra la humanidad. Esa posición favorable no es ni puede ser inocente. En muchos casos los intereses y prioridades de quienes adoptan las decisiones y dirigen los operativos militares distan mucho de ser óptimas para esos fines humanitarios. Sin embargo, pienso que a pesar de los retrasos, los numerosos errores y las prioridades equivocadas, la intervención en Bosnia detuvo el genocidio y en el caso de Kosovo impidió que los crímenes serbios se multiplicaran.  

En el caso de naciones agredidas, como Ucrania, creo que el apoyo europeo debería ser mucho más intenso y decidido. El futuro de Europa se puede estar jugando en esa frontera oriental del continente. Si Putin, con el apoyo más o menos encubierto de Trump, acaba teniendo éxito, el futuro europeo se volverá muy negro y la amenaza de nuevas guerras serán muy probables. A veces parece que no se aprenden las lecciones de la historia. Los personajes brutales como Putin solo entienden el lenguaje de la firmeza y la fuerza. 

«Hay muchos campistas que apoyan las acciones que comete un bloque geoestratégico o ideológico y condenan las de sus rivales» 

– ¿Cree que Podemos y Sumar se opondrían a una hipotética (e imposible) intervención militar internacional contra Israel apelando a que la guerra no puede conducir a la paz? 

– En este mundo hay pocos verdaderos pacifistas, pacifistas completos, que piensen que no debe responderse con la violencia, ni siquiera cuando somos atacados. Una postura pacifista que no comparto pero que respeto como opción individual, aunque no creo que sea una opción colectiva viable. 

En cambio, hay muchos campistas, es decir personas que apoyan las acciones que comete un bloque geoestratégico o ideológico y condenan las de sus rivales. En la izquierda hay campistas, que condenan por ejemplo todas las acciones cometidas por Estados Unidos, como la invasión de Irak, o los crímenes del gobierno israelí, mientras mantuvieron el silencio ante los crímenes de la guerra siria o miran hacia otro lado respecto a la invasión de Ucrania. También hay campistas en la derecha, que callaron o apoyaron la invasión de Irak, los encarcelamientos de Guantánamo, o que silencian los crímenes que se cometen por Israel. 

Debemos ser capaces de mirar con los dos ojos para entender todo lo que es inaceptable, lo cometa quien lo cometa. Y también de llorar con los dos ojos ante todas las barbaries que nos rodean, desde Sudán a Ucrania, desde Afganistán a Palestina. 

– Usted critica que el antimericanismo que impregna a la izquierda les impide ver los muertos con los dos ojos. ¿Qué le produjo el que sectores de la izquierda española vitoreasen la marcha de las tropas estadunidenses de Afganistán, pese a que las mujeres afganas volvieran al yugo talibán?  

– La salida precipitada de Afganistán y el abandono de las mujeres afganas a la barbarie de los talibanes me pareció una catástrofe. Y me parece una indignidad los problemas y restricciones que los países europeos están oponiendo frente al derecho de asilo de quienes huyen, especialmente mujeres, del criminal sistema talibán. 

Creo que muestra, una vez más, que las intervenciones internacionales se mueven frecuentemente mucho más por intereses geoestratégicos o de otro tipo, que por auténticas razones humanitarias. En el caso de Afganistán la intervención aseguró durante unos años mejores condiciones de vida a muchos afganos y derechos a las mujeres, pero esos avances son frágiles sin el desarrollo de una sociedad capaz de autogobernarse sobre bases democráticas. 

– ¿Por qué la izquierda occidental es tan permisiva con el islamismo, pese a su machismo y homofobia y ser incompatible con una sociedad democrática? ¿No es capaz de ver que para un integrista islámico peor que ser cristiano es ser ateo o comunista? 

– Una sociedad democrática debe fundamentarse en la igualdad de derechos de toda su ciudadanía, cualquiera que sean sus creencias, religiosas o no, su orientación sexual, su raza, su color o cualquier otra característica personal. Por supuesto, es consustancial a la sociedad democrática exigir el respeto a las leyes y normas a toda su ciudadanía, pero también evitar toda forma de discriminación. 

El proceso de conquista de derechos democráticos, sociales e individuales en los países occidentales no ha confrontado esencialmente con las minorías religiosas o étnicas que viven en ellos. La lucha por los derechos se ha enfrentado, en cambio, a poderosas resistencias por parte de ciertas oligarquías o de la Iglesia católica y otras confesiones cristianas. Si hablamos de derechos políticos, habría que recordar las grandes luchas populares por acceder al sufragio universal. Si pensamos en la regulación del divorcio, el derecho al aborto, la igualdad entre hombres y mujeres o los derechos de los homosexuales, los problemas para su implantación no han venido de comunidades islámicas sino de otras poderosas maquinarias internas. Yo recuerdo, por poner un ejemplo, las enormes manifestaciones contra el matrimonio igualitario promovidas hace justamente veinte años por los obispos y la derecha española. Los derechos de las mujeres o de la comunidad LGTBI en los países occidentales están amenazados actualmente por ciertas políticas trumpistas o por ciertos gobiernos como el de la Hungría de Orban, no por minorías islámicas. 

El verdadero problema del islamismo político no se desarrolla dentro de nuestras fronteras sino en los países de mayoría musulmana. Desde hace casi un siglo se desarrolla en el seno de esas sociedades un conflicto entre las fuerzas laicas e islamistas demócratas, por una parte, y los autoritarismos e integrismos radicales de varios signos. Occidente nunca ha apostado por las fuerzas democratizadoras, como se vio claramente durante la Primavera Árabe, cuando numerosos pueblos se levantaron contra los regímenes autoritarios de sus países y en una demanda de democracia y derechos individuales y sociales.  




 

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