La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México y su participación en un acto de homenaje a Hernán Cortés han vuelto a encender la hoguera de las pasiones históricas. Como era previsible, una parte del espectro político mexicano (y algunos ecos en España) ha respondido con la indignación ritual de rigor: acusaciones de colonialismo, invocaciones al “genocidio” y la exigencia implícita de que los españoles de hoy sigan pidiendo perdón por hechos ocurridos hace quinientos años.
Quien esto escribe no comulga ni con la Leyenda Negra ni con la Leyenda Rosa. La conquista de México no fue ni un idílico encuentro de civilizaciones ni un exterminio industrial planificado. Fue lo que siempre han sido estos procesos en la historia humana: un choque brutal, sangriento y transformador entre realidades políticas, tecnológicas y culturales muy desiguales.
Y aquí radica la primera gran falacia del debate actual: proyectar sobre 1519-1521 categorías políticas que simplemente no existían. Ni España era el Estado-nación que imaginamos hoy, ni existía “México” como entidad coherente. Lo que Cortés encontró fue un mosaico de pueblos sometidos al dominio imperial de los aztecas (o mexicas), un imperio que practicaba la guerra florida, el tributo forzado y sacrificios humanos a escala que helarían la sangre a cualquier observador contemporáneo. Los tlaxcaltecas y otros pueblos oprimidos no se aliaron con los españoles por ingenuidad o traición: lo hicieron porque vieron en ellos una oportunidad para romper un yugo que les resultaba intolerable.
Llamar a Hernán Cortés “genocida” mientras se califica a Gengis Khan, Tamerlán o incluso Napoleón como “conquistadores” es un ejercicio de hipocresía selectiva que revela más sobre las ideologías contemporáneas que sobre la Historia. Si Cortés hubiera sido un genocida en el sentido moderno, (esto es, un exterminador sistemático de poblaciones), resultaría difícil explicar la abrumadora presencia mestiza y la supervivencia demográfica masiva de población de origen nativa en el México actual. Las epidemias (viruela, sarampión, etc.) hicieron, con mucho, el grueso de la mortalidad, como ocurrió en todas las primeras olas de contacto entre continentes separados durante milenios. Eso no exime de crueldades, abusos y matanzas puntuales (nutridamente referidas por Fray Bartolomé de las Casas), pero sí obliga a matizar la narrativa simplista del “holocausto deliberado”.
Igualmente inconsistente resulta el relato indigenista contemporáneo. ¿Por qué los activistas se sienten herederos exclusivos de los aztecas (un imperio expansionista, guerrero y sacrificial) y no de los pueblos que éstos sometieron? ¿Por qué no reivindican también la herencia española, que es tan suya como la prehispánica? El mestizaje no fue un accidente ni una violación unilateral: fue un proceso biológico, cultural y espiritual profundo que creó una nueva realidad. Negarlo o presentarlo como mancha original equivale a rechazar la propia identidad de millones de mexicanos.
Ayuso, con su habitual falta de complejos, ha defendido el mestizaje como “esperanza y alegría”. Aunque lleva razón en lo esencial, el tono podría resultar provocador para quien vive de alimentar el resentimiento histórico. Porque el verdadero anacronismo ridículo no es homenajear a Cortés o criticarlo: es pretender dirimir en 2026, con criterios morales actuales y fines políticos presentes, un conflicto del siglo XVI entre actores que ni compartían nuestra noción de nación ni de derechos humanos.
La historia no es un tribunal donde los vivos juzgan a los muertos para obtener ventajas retóricas (y electorales). Es un proceso de comprensión de cómo llegamos a ser quienes somos. España y México (o el Virreinato de Nueva España, para ser más precisos) forjaron juntos una civilización que, con todas sus luces y sombras, produjo catedrales, universidades, derecho indiano, sincretismo cultural y, en último término, naciones mestizas que hoy pertenecen plenamente al mundo occidental.
Caer en la defensa militante de uno u otro bando es, en efecto, un anacronismo grotesco. Cortés no fue un santo, pero tampoco un monstruo unidimensional. Los aztecas no eran pacíficos pastores, ni los españoles demonios venidos de ultramar. Eran hombres de su tiempo, movidos por ambición, fe, codicia y también por un impulso civilizador y/o evangelizador que, para bien o para mal, transformó el continente.
Quizá la mayor sabiduría consista en aceptar esa complejidad sin intentar resolverla con eslóganes de X ni con exigencias de arrepentimiento eterno. El mestizaje ocurrió. México existe. Y su riqueza cultural es hija de esa colisión, no a pesar de ella. Quien no sea capaz de sostener esa ambigüedad histórica probablemente no esté interesado en la verdad, sino en el uso político del pasado. Y en ese juego, tanto la Leyenda Negra como la Rosa son solo instrumentos igualmente burdos.
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Felicito al Historiador, americanista y profesor Luis Carlos Nogues por su crítica a la «leyenda negra» y a la «leyenda rosa», acerca del descubrimiento, conquista y colonización de México. Muy cierto es que por ideologías o espurias conveniencias es posible aquello de «No es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira».
Saludo cordial al autor.