Mercaderes del Templo Digital: la mercantilización de la vida en la era del algoritmo
El capitalismo en su fase terminal está mercantilizando hasta la figura de Jesús

Basta con scrollear un poco en cualquiera de las redes sociales exhibicionistas para entender que, en este segundo cuarto del siglo XXI, todo es susceptible de ser mercantilizado o explotado con fines espurios

Tanto es así que tonto es, o como tonto queda, el sujeto que no se lanza a rascar unos eurillos o a medrar en busca de visibilidad y/o notoriedad utilizando como reclamo el objeto de consumo de moda entre las masas cretinizadas, que diría Juan Manuel De Prada.

El atrio digital: influencers como nuevos predicadores

Instagram, YouTube, TikTok o cualquier otra plataforma sucedánea hacen las veces de atrio digital desde el que adoctrinar a todos esos pobres consumidores que buscan desesperadamente una voz de mando que les diga qué pensar, qué amar y qué odiar.

El histrionismo y las habilidades comunicativas o de oratoria de cualquier lameluzo con micrófono y aro de luz suplen precaria pero eficientemente los conocimientos y el análisis crítico que jamás pensaron adquirir.

Ni falta que les hace, porque sus fieles creyentes citan a Vito Quiles, Rescue You o a Roberto Vaquero como otrora nuestros antiguos citaban a Marx, a Pushkin o a Dostoyevski.

La dictadura del algoritmo y el empobrecimiento del pensamiento

Éstos últimos no estaban sometidos a la dictadura del algoritmo ni a la de un público políticamente analfabeto como los primeros, que gustosamente preparan sus contenidos pensando única y exclusivamente en su parroquia de palurdos, que no buscan conocimiento ni verdad, sino retroalimentación y argumentos facilones para sentirse moralmente superiores en cualquier debate de inválidos intelectuales.

Además, los argumentos sólidos pasan a un segundo plano y los zascas pueriles se abren camino como principal herramienta de debate delante de un público igualmente infantilizado que ha delegado su formación académica en los chatarreros de la creación de contenido.

Por otro lado, la dictadura del algoritmo determina qué es relevante y qué es intrascendente. Hasta tal punto es así que, si un influenciador percibe que su matraca recurrente deja de tener tirón, se adapta y desliza rápidamente hacia otro topic en su prime que revitalice sus stats.

Adaptarse o desaparecer: el oportunismo como norma

Ejemplo práctico: si recae sobre Llados la ira popular por sus cursos-estafa y su imagen pública se resiente, pasará a adoptar una suerte de retórica cristiana que suavice la crítica y, de paso, que le ayude a entrar en nuevos mercados.

A fé que funciona, por burdo que parezca. Y sea.

La religión como producto: del templo al marketing

Efectivamente, al pobre Jesús, que se ganó la enemistad del statu quo religioso de su tiempo por echar a latigazos a los mercaderes del templo, ahora también lo están convirtiendo en un objeto de consumo al que mercantilizar.

El influencer cristiano o católico hace su agosto soltando sermones crísticos desde su púlpito digital igual que el influencer político contribuye decisivamente a la polarización y al enfrentamiento civil desde el suyo.

Así, la religión, como la ideología política, dejan de ser un arduo camino de reflexión y aprendizaje y se convierten en un fetiche para reforzar la pobre identidad individual de un espectador desarraigado y desorientado.

Identidades de escaparate: activismo, salud mental y espiritualidad

Y no se detiene ahí. La salud mental, el feminismo, el ecologismo o el activismo LGTBI corren la misma suerte: todo se vuelve estética de Instagram, filtro morado y merchandising que no cambia nada pero hace sentir al usuario parte de algo grande sin esfuerzo alguno.

Los coaches de mindfulness venden meditaciones guiadas de diez minutos mientras promueven un hedonismo disfrazado de sanación: “ámate a ti mismo primero” se traduce en “compra mi curso y sé feliz”.

La espiritualidad barata ya no cita versículos; vende rosarios en edición limitada, cursos online de “oración efectiva para multiplicar tu abundancia” y retreats virtuales donde la salvación se mide en número de suscriptores y en el engagement de los comentarios.

Todo es performativo. Todo es para la galería.

Fin del pensamiento crítico

La dictadura del algoritmo no solo dicta qué se ve, sino que moldea almas enteras. Crea burbujas herméticas donde el matiz es herejía y donde el disidente es cancelado o invisibilizado.

En este circo digital, el individuo que todavía se atreve a leer un libro sin cámara delante, a pensar sin buscar validación inmediata, se convierte en sospechoso. Es el raro, el anticuado, el que no genera clics.

Mientras tanto, la verdadera cultura, esa que exigía esfuerzo, tiempo y humildad, queda relegada al rincón polvoriento de las bibliotecas que nadie visita.

Los De Prada, los Dostoyevski, los Chesterton o los Orwell de nuestra contemporaneidad son silenciados porque no saben bailar al ritmo del trending topic.

Así, en este segundo cuarto del siglo XXI, no asistimos solo a la mercantilización de la vida, sino a su vaciamiento más absoluto.

Lo que queda es un espectáculo eterno de vanidad colectiva donde todos somos actores mediocres y nadie es ya espectador crítico.

La religión se vende como merchandising, la política como entretenimiento de gladiadores, la sabiduría como hilo de Twitter y el amor propio como pack de stories.

Y en medio de tanto ruido, el silencio —ese lugar donde antes nacía el pensamiento verdadero— se ha vuelto el bien más escaso y, por supuesto, el más caro de monetizar.




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