Creemos que hablar es un proceso automático: tienes una idea, mueves la boca y el otro escucha.
Sin embargo, la realidad es que existen cuatro trampas mortales en este proceso que nos cuestan dinero, tiempo y relaciones.
El primer salto ocurre entre lo que piensas y lo que dices
El lenguaje es un invento finito y a menudo no alcanza para describir emociones complejas; nunca expresamos el 100% de lo que sentimos.
Piensa, por ejemplo, en el amor. ¿Cómo lo describes? Se vuelve algo de gran complejidad.
El segundo es la contaminación ambiental
El ruido, el acento o el entorno distorsionan físicamente lo que sale de tu boca antes de llegar al oído ajeno.
Todos hemos escuchado a personas que, hablando el idioma español, es difícil entender lo que dicen, por su velocidad de dicción, por tener un acento cerrado, etc.
La única solución real es dominar la comunicación, pues es la herramienta que nos permite verificar que la imagen en mi mente es idéntica a la que se ha formado en la tuya
El tercero y cuarto son los más peligrosos: el salto de lo que la persona oye a lo que interpreta
Su cerebro filtra tu mensaje a través de sus creencias, su cultura y sus prejuicios. Tú emites un sonido, pero él construye una realidad propia, a menudo muy distinta a la tuya.
Por eso, asumir que cuando has hablado «te han entendido» es el error más caro que puedes cometer.
La mayoría de los conflictos no nacen de la mala intención, sino de la mala interpretación en estos cuatro puntos.
Para cruzar este campo de minas, la única solución real es dominar la comunicación, pues es la herramienta que nos permite verificar que la imagen en mi mente, la que quiero transmitir, es idéntica a la que se ha formado en la tuya.
Dejar esto al azar no es optimismo, es negligencia.
Íñigo Saénz de Urturi es autor de La magia de la comunicación.
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